La rápida instalación en Cancillería

Michelle Bachelet aún no cumple una semana de vuelta en La Moneda y, aun así, ella y su ministro de Relaciones Exteriores Heraldo Muñoz se han encargado de comunicar una serie de llamativas de declaraciones en materias de política exterior. Y si bien varias tienen que ver con definiciones de prioridades, algunas entran de lleno en la carpeta de maniobras concretas.

La región, como siempre

Entre las primeras, quedan pocas dudas que el teatro de operaciones más importante para nuestra diplomacia debiera ser América Latina y el Caribe. El diagnóstico –Chile ha perdido presencia en la región- ya venía definido desde los meses de campaña y en el programa de gobierno de la Nueva Mayoría.  Cabe decir, no obstante, que es algo que han proclamado casi todos los cancilleres desde 1990. Alejandro Foxley, el primer ministro de Relaciones Exteriores de Bachelet, fue enfático al declarar “que ha llegado un momento en el que tenemos que avanzar decididamente en la integración regional” y que, para convertirla en “real”, debían darse pasos decididos en materias de “asociatividad” energética, infraestructura y convergencia en la equidad social. Por su parte, Alfredo Moreno tuvo una opinión parecida a menos de dos semanas de asumir: “las Américas”, planteó el canciller de Piñera en la Asamblea General de la OEA, “constituyen una prioridad en la agenda de política exterior”.

Lo novedoso de la nueva mirada que se pretende implementar en nuestro vecindario radicaría en dos  detalles interesantemente entrelazados: primero, estaría basada en un supuesto pragmatismo –calificativo que nuestro Canciller se ha preocupado de reiterar-, lo que podría entenderse como la búsqueda de puntos de acuerdo dentro del margen que permita “la diversidad de caminos en la región para avanzar en el desarrollo” (El País, 13 de marzo de 2014). En otras palabras, lo que se pretende es impulsar una cultura de colaboración y respeto –un término medio entre el realismo desconfiado de los proyectos de cooperación y el entusiasmo liberal por los modelos de colaboración-,  consciente del actual crisol fórmulas e intereses presentes en nuestra región. Si bien este enfoque declara menos ambición que la planteada por Foxley durante el primer gobierno de Bachlet, sí tiene más probabilidades de conseguir resultados por pequeños que sean.

Segundo, al hablar de América Latina -y en particular de América del Sur- se hace explícita la decisión de tomar una vía sin la influencia directa de los Estados Unidos en los asuntos regionales como ocurre en la OEA. Algo nada nuevo ni radical considerando el peso que Washington le asigna hoy a la región y las cada vez más diametrales diferencias programáticas que encuentra con alguno de nuestros vecinos.

El flanco débil de una estrategia pragmática está en no reconocerse como una vía sustentada por un sesgo ideológico y en la necesidad de reportar arreglos: la opinión pública no la premiará  si del dialogo con  los pares no surgen acuerdos o, producto de ello, se hace caso omiso a evidencia perjudicial.

La fortuna favorece a los audaces

Pero no sólo de declaraciones vivió por estos días nuestra política exterior. También hubo movidas audaces, que dan muestra de la experiencia y habilidad política de nuestro nuevo canciller. Entre ellas destaco la decisión de  integrar a un diplomático brasileño al equipo chileno del Consejo de Seguridad ONU, y la propuesta de integración Alianza del Pacífico-MERCOSUR en base a “velocidades diferenciadas”.

Con la primera maniobra se atacan varios objetivos a un bajo costo y con un alto retorno esperado: no es ninguna incógnita que esta administración quiere armonizar visiones con Brasilia, y el acreditar un delegado de Itamaraty (hogar de la cancillería brasileña) en el equipo chileno incrementa los niveles de confianza mutua, a la par de demostrar con hechos nuestra intención de afinar los términos multilaterales. Los beneficios vienen de la mano del acceder a información obtenida por misiones brasileras en países donde nuestro país no tiene representación diplomática, sabiendo además que el acceso brasileño a las negociaciones que ocurren en el Consejo puede ser incluso mejor a la que nosotros tenemos como miembro no permanente.

La convergencia Alianza del Pacífico-MERCOSUR muestra un novedoso interés por generar puentes entre bloques económicos hoy distanciados. El concepto apunta a replicar el método europeo de integración, el cual pone los objetivos comunes como prioridad aunque sin bloquear la integración de sub-bloques que deseen profundizar su cooperación mientras los alcanza el resto de los miembros del acuerdo. Si bien la idea fue planteada en términos muy generales –no queda claro hacía que dirección debería ir la integración- si logró una recepción cálida en México. De todas formas hay que esperar lo que opine Brasil, gigante del Mercado Común del Sur y reacio a que la Alianza del Pacífico crezca a su espalda, pero cuyos industriales ya presionan por nuevos acuerdos comerciales extra-MERCOSUR.

En suma, el brazo de la política exterior se ha mostrado muy activo. Entre otras definiciones importantes que se anunciaron durante la semana está la decisión de revisar el detalle de lo avanzado en las negociaciones del Transpacific Partnership (TPP); el descartar una denuncia del Pacto de Bogotá;  y la disposición a retomar el dialogo con Bolivia, aunque condicionando la discusión de la mediterraneidad de nuestros vecinos a la continuación de la demanda en la Corte Internacional de Justicia.

La rápida sucesión de anuncios es coherente con el supuesto relegamiento regional y el pragmatismo puede ser todo un éxito si los movimientos muestran resultados. De todas formas falta por aclarar varias de las ideas lanzadas, aunque nada por lo qué preocuparse todavía. Si aún no se cumple siquiera una semana.